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Sólo con honestidad se eleva la moral de los pueblos

Luciana Troche

Prof. Ferreira

Oratoria 11B

 

Todos alguna vez habrán escuchado la historia del pastorcito mentiroso, quien inventaba que un lobo atacaba a sus ovejas para asustar a los aldeanos. Desesperados, todos los hombres corrían al cerro para ayudarlo. Una vez arriba se daban cuenta de que todo había sido una broma de mal gusto y regresaban enojados a sus hogares. Una tarde, lo tan anunciado sucedió al pastorcito. Un verdadero lobo atacó a las ovejas, entonces éste pidió ayuda a todos, pero los aldeanos cansados de sus mentiras no lo socorrieron, y al final el lobo mató a todas sus ovejitas. Esta historia es solo un ejemplo de cómo la mentira puede afectar negativamente nuestras vidas.

Hoy día todo el mundo considera a la educación como un factor central para el progreso de los pueblos en el siglo XXI. La educación se presenta como la base de un conocimiento que

constituye la información necesaria para hacer posible el desarrollo de un país, sin embargo, ésta no es muy fácil de alcanzar. Si observamos los colegios o las instituciones en donde se educan a los niños y jóvenes del país podemos detectar varias deficiencias. Entre ellas se puede señalar claramente la falta de honestidad que reina en las comunidades educativas, la cual regula las relaciones interpersonales.

Suponemos que la honestidad no es un valor que solamente deba ser practicado en las instituciones educativas o en el trabajo. Sino muy por el contrario, ella es una de las cualidades que más buscamos y exigimos en las personas con las que convivimos. Nadie discute que dicha virtud resulta indispensable para que las relaciones humanas se desenvuelvan en un ambiente de confianza y armonía, pues garantiza seguridad y credibilidad en las personas y sus actos.

Una vez, alguien dijo “los valores para exigirlos a los demás primero hay que vivirlos personalmente”. Pero, ¿qué significa esto? Asumamos que uno quiere recibir amor de los demás, lo recomendable es que primero se debe dar amor para recibirlo. Entonces, si se quiere que las personas sean sinceras con uno, se deberá previamente ser sincera con ellos. No estaría bien exigir al resto que lo traten de cierta forma si no se los trata previamente de la misma manera a ellos.

Volviendo a lo dicho anteriormente sobre la educación y la falta de honestidad, debemos agregar algo: todos los días criticamos a nuestros gobernantes y su manera de gobernar el país. Nos referimos a ellos como ladrones, corruptos y mentirosos. Pero, ¿seremos nosotros los indicados en exigir a nuestros gobernantes que cumplan correctamente sus funciones y sean honestos con el país, si nosotros en cosas tan simples no podemos cumplir con este valor? Copiamos en exámenes, o en las tareas, mentimos a nuestros amigos, padres y profesores. Obramos muy cómodamente criticando a las personas, exigiéndoles que cumplan con algo que nosotros mismos no somos capaces de cumplir.

Entonces emerge irrefutable la siguiente frase: “no mires la espiga en el ojo ajeno, sino la viga que tienes en el tuyo”. Primero cambiemos nosotros. Es cierto, no es fácil ser honestos porque siempre hay tentaciones que nos empujan a mentir, con más razón en una sociedad donde se considera la mentira como parte de la astucia e inteligencia. Los seres humanos siempre buscamos nuestro propio beneficio sin importar cómo lo consigamos. Sería bueno que nos demos cuenta de este problema y tratemos de eliminarlo poco a poco de nuestras vidas. Nadie es perfecto, pero no estaría mal intentarlo. Sólo un país con ciudadanos honestos tendrá la autoridad moral de exigir respeto a los demás países en el contexto de las naciones.

Bibliografía