La democracia ha resultado ser el régimen preferido por las naciones del mundo. Desde hace tiempo se han garantizado la libertad de expresión y considerables progresos en el tema relacionado a los derechos humanos. En el Paraguay, no obstante, siguen estando vigentes las desigualdades económicas y sociales que demuestran abiertamente que la actividad política se ha degradado a lo más mínimo. La ausencia de un sistema eficaz entre poderes, la falta de instituciones judiciales autónomas y la permanente corrupción en los distintos niveles de la administración pública suelen mencionarse como evidencia de la debilidad del sistema democrático. No hay duda alguna de que estos son indicadores importantes de la quiebra institucional que actualmente enfrenta la democracia paraguaya.
Se podría decir que el Paraguay se halla en deuda con la democracia, pues en las diversas escenas políticas se visualizan las desigualdades y la carencia de experiencias estratégicas para el bien común. Hoy por hoy, se conjugan la irresponsabilidad y la incapacidad de respuesta de los gobernantes electos, donde las autoridades presentan graves problemas de credibilidad social ante la opinión pública. El déficit institucional dificulta el ejercicio del control efectivo que los ciudadanos deben ejercer sobre sus autoridades y lo más grave es que no hay capacidad para asegurar que los funcionarios públicos rindan cuentas por sus inconductas . También la mala calidad de información que recibe el ciudadano entorpece su actitud crítica para evaluar adecuadamente el desempeño y las gestiones del gobierno.
Después de haber transcurrido 17 años de la caída de la dictadura, nuestra democracia necesita de un urgente replanteamiento, de forma que podamos evitar que los principios doctrinarios de este sistema político se disuelvan en la consideración y valoración de la ciudadanía paraguaya. Lo peor de todo es que esto acarrea una mala reputación del país en el extranjero por culpa de nuestra clase política inepta, egoísta e |
indiferente. Como consecuencia, el Paraguay ha retrocedido. La pobreza hoy es peor que antes, y lo más triste de todo es que la corrupción y la deshonestidad siguen abundando en nuestro país.
Las personas que hoy están a cargo del gobierno del Estado, entre ellos Nicanor Duarte Frutos, conocido como el “Tendota,” debido a la indolencia o falta de voluntad demostradas hasta este momento no han intentado desmontar la estructura perversa dentro de la cual se maneja nuestro sistema democrático, en donde solo unos pocos privilegiados se benefician del poder y otros terminan careciendo hasta de lo más básico para subsistir. El país pasa por un mal momento, hay riesgos de volver al autoritarismo, no desaparece el clientelismo político, la corrupción imperante termina imponiendo a los políticos inescrupulosos, todavía pervive el abuso de poder y el nepotismo que empobrecen la calidad de vida de los ciudadanos.
Ante esta realidad, ¿qué podemos hacer para controlar mejor la democracia y a nuestras autoridades? Primero, es necesaria la existencia de un sistema legal eficiente que ponga límites a la arbitrariedad del poder de los gobernantes de turno e ir realizando el futuro de los jóvenes mediante una buena educación. El Paraguay, necesita de una VERDADERA educación que elimine el cinismo de ciertos líderes que supuestamente hablan del bien y del amor, mientras que estimulan y apoyan la violencia y corrupción con sus ejemplos. La implementación de la educación en los valores éticos, morales, cristianos y humanitarios creará el país de nuestros sueños. Lo que necesitamos es consolidar la honestidad de los poderosos con respecto a los débiles y fortalecer las instituciones, consolidar cada vez más la necesidad de elecciones libres y transparentes que permitan la legitimación de los gobernantes, un poder judicial autónomo, sin colores políticos, y un parlamento comprometido con las necesidades y el devenir histórico de nuestra sociedad. |