“Lo pasado ha de ser clave de lo presente” sostiene Rufino Cuervo, político y pensador latinoamericano, refiriéndose al papel de la historia en la humanidad. Sobre el punto mencionemos que a lo largo de los tiempos, hombres y mujeres hemos tenido un espejo donde reflejarnos con la intención de imitar virtudes e impedir los vicios que nos conduzcan a errores. Así, a través de la historia humana, príncipes, monarcas, religiosos y ciudadanos comunes han luchado por crear las condiciones favorables para un presente mejor y han obrado conforme a sus valores y principios, pero, siempre condicionados por el momento histórico que les tocó vivir. Desde esa perspectiva la historia con sus enseñanzas se transforma en maestra de la vida siendo el componente esencial de la educación de los pueblos y por lo mismo el centro de la existencia de cualquier sociedad. Por eso suele aducirse que sólo un pueblo educado en su “historia” será capaz de escoger a sus mejores ciudadanos para representarlo en el gobierno propiciando y alentando los cambios necesarios para el bienestar general de una nación. Sin embargo pareciera que esa lógica no ha funcionado en la historia del Paraguay. Existen antecedentes de que en medio de terribles contradicciones, hombres y mujeres de este país se han enfrentado estérilmente por intereses mezquinos e irrelevantes “es la historia de nuestro castigado país, donde el fanatismo disociante, el odio alienante y la arbitrariedad perversa de los politiquillos de turno destruyeron el cimiento moral de la República” ( PANGRAZIO: 2000; 307)
Ante este panorama reinante se presenta ante nosotros, poderosa e irrefutable, la afirmación de Cuervo quien cree que toda sociedad o grupo humano debe construir su presente y diseñar su futuro considerando las enseñanzas del pasado. En Paraguay pareciera que el tiempo no transcurriera al mismo ritmo que otras sociedades; circunstancias traumáticas como guerras, miseria, odio, enfrentamientos, caudillismos, gobiernos despóticos y dictatoriales se entrelazaron en un permanente devenir histórico que terminaron robándose las ilusiones y esperanzas de todo un pueblo que clamaba por paz, justicia y libertad. Probablemente mucho de ello se deba a la cultura cívica que nos impregnaron desde tempranas horas de nuestro existir como nación. Religión, educación, hombres e instituciones se entretejieron para perfilar en nosotros la actitud sumisa, apática, conservadora y sin aparentes ansias de transformación. (MIRANDA: 1990;17-36)
Pocos han sido los momentos históricos en que los paraguayos conjugamos ambición, carácter, e indignación ante las injusticias cometidas contra el pueblo como para reaccionar de manera decisiva y protagónica en pro del cambio de nuestra realidad. Escasamente pueden citarse fechas como: mayo de 1811, octubre de 1931, febrero de 1989, marzo de 1999, abril de 2006. Tal vez sean las referenciales más destacables. Nuestra historia reciente se halla más bien jalonada de personajes y hechos que nos comprometieron hipotecando el futuro del país. Demagogia, fraudes, codicia, corrupción, sectarismo, luchas intestinas, anarquía, persecuciones, exilios y abusos de poder han sido solo algunas de las evidencias frecuentemente recogidas a lo largo de nuestra existencia nacional como país soberano. Todas ellas, síntomas de una historia cíclica que no termina de enseñarnos a rectificar rumbos y modificar conductas.
Aun así, la historia del Paraguay se meció entre acciones nobles y épicas de hombres y mujeres que lucharon por una patria mejor, así como también entre el odio, la desunión y los enfrentamientos fratricidas, sempiternas armas de los verdugos de este país: politicastros y corsarios de turno, agoreros de un presente mejor, sepultureros de esperanzas, enemigos de la concordia y homicidas del bienestar. En nombre de la patria muchos cometieron felonías, atropellos e inmoralidades por doquier negando al sufrido pueblo sus ansias de mejor porvenir.
Por eso y en la distancia, a 196 años de vida independiente, nos encontramos ante la ambigua realidad de un país que tenemos y de un país que queremos . El primero, es aquel que nos duele, lo padecemos y lloramos con cada niño de la calle, con cada familia sin hogar y con cada compatriota que huye desesperanzado de este país ante la falta de oportunidades para progresar. El segundo, es el que soñamos, al que aspiramos |
llegar en el esfuerzo solidario de hombres y mujeres decididos y de buena voluntad.
Considerando estos antecedentes y a la luz de los hechos comprendemos que “el pasado legitima. Cuando el presente tiene poco que celebrar, el pasado proporciona el trasfondo más glorioso” (HOBSBAWM: 1998;17) . Él se convierte en fuente inagotable de aliento, orgullo y dignidad. Por eso, sin concesiones con injusticias y con ardor de patria, al igual que aquellos jóvenes próceres de mayo que soñaron con un Paraguay de paz, justicia y libertad, los jóvenes de hoy eligen con firmeza no ser mediocres, ya que sueñan construir una sociedad mejor, esforzándose por conquistar el respeto y la dignidad de este país. Sin renunciamientos a la dicha de ser libres, ni a la utopía aventurera de un mañana mejor. Hoy más que nunca resuenan en nuestras mentes juveniles conceptos como: país, pueblo, nación, estado y amor a la patria. Todos ellos como herencias de un pasado glorioso de quienes nunca se resignaron ante las adversidades del momento. Por ello nos parece necesario reavivar en el inconsciente colectivo la memoria de nuestro pasado reciente, ya que ella constituye el arma fundamental para arraigar la conciencia de lucha por el poder, la vida y el progreso. “La memoria es un elemento esencial de lo que hoy se estila llamar la identidad, individual o colectiva, cuya búsqueda es una de las actividades fundamentales de los individuos de las sociedades de hoy, en la fiebre y en la angustia” (LE GOFF: 1991; 181)
Con mucha ambición nos hacemos eco de las propuestas éticas del Dr. Aníbal Romero, quien nos propone que para lograr la verdadera reingeniería del paraguayo de hoy debemos asumir nuevas pautas de conducta reivindicatoria donde: la moral sea el principio básico, el orden y la limpieza apuntalen nuestra visión social, la honradez, la puntualidad, el amor al trabajo y la responsabilidad sean el norte de nuestro espíritu productivo y emprendedor, el deseo de superación, el respeto a la ley y los reglamentos así como el respeto por el derecho de los demás (ROMERO: 2002; 175) serán la clave para la construcción de una sociedad basada en la justicia y la equidad. Todos estos ingredientes son necesarios para la consolidación y legitimación de un verdadero sistema democrático al cual nos aferramos como formula ineludible de progreso y desarrollo armónico.
Por eso, aunque muchos estudiosos de la vida política e institucional del Paraguay sostengan que este pueblo carece de tradición democrática desacreditando al actual régimen, lo cierto es que mientras carezcamos de las convicciones e internalicemos los valores del demócrata no podremos salir del pozo depresivo de la desesperanza que trae consigo todo régimen político novel. La misma reclama de la continua contribución de todos sus ciudadanos para la madurez cívica e institucional del país. Por supuesto esa es una tarea compleja que compete a todos: familias, vecinos, escuelas, colegios, universidades, comisiones barriales, clubes deportivos, iglesias, instituciones y organizaciones públicas y privadas, etc.
De una vez por todas si queremos realmente sepultar el pasado dictatorial y la nostalgia hacia todo lo que represente un icono autoritario en este país deberemos comprender que urge vivir la democracia con sus riesgos, sacrificios, y renunciamientos. Para ello habrá que dejar de lado todo tráfico de influencias, actitudes de prepotencia e intolerancia, desestimar el nepotismo, amiguismo y clientelismo político para sustituirlos por un sistema competitivo, igualitario y meritocrático. Más que nunca nuestras acciones deberán sujetarse a los mandatos inexorables de la ley, sin excepciones ni prerrogativas derivadas de cargos, distingos sociales ni banderíos políticos.
¡Paraguayas y paraguayos de bien, la República reclama la conjunción de nuestros esfuerzos y voluntades en pro de un presente y futuro mejor! ¡Basta de hombres y gobiernos autoritarios, intolerantes y dictatoriales! ¡Aprendamos a ser demócratas para vivir en democracia! ¡Nunca olvidemos que el pasado -la historia- es el mejor espejo para construir el presente y diseñar el futuro sin miedo a equivocarnos! |