“El hombre muerto”
La raíz de nuestra existencia es el vacío.
Daniel Artaza
No somos nada, tan efímeros e insubstanciales como una hoja seca de pasto en el viento. Quizás me cataloguen de nihilista, pero no importa. Las calumnias de mis jueces son incluso más banales que ellos mismos. ¿Cómo, dónde y cuándo obtuve esta revelación? Fue hace unos cuantos años, cerca de un rancho que pertenecía a mi padre. Quedaba en Misiones, a cinco kilómetros de un pequeño pueblito gris. Solamente teníamos un vecino cercano; un hombre que vivía a un par de kilómetros de nuestro hogar. Esta es la historia de su muerte y de mi revelación.
Todos los días caminaba desde nuestro rancho al pueblo. Iba ahí a vender nuestros frutos de mañana temprano y todos los días cruzaba en frente al rancho vecino. Nunca llegué a conocer a la familia que vivía ahí. Ni siquiera llegué a saber su nombre. Pero todos los días, al pasar el puente, pasaba frente al ranchito y todos los días estaba el hombre trabajando en los bananales. En retrospectiva me doy cuenta ahora que la rutina es algo engañoso porque da un aura de perpetuidad a las cosas. Solamente cuando ésta se altera nos damos cuenta de lo frágiles que somos. Un día, como todos los días, iba volviendo a casa del pueblo. Era un día aburrido de verano, con el calor y el sol de todos los años. A eso del mediodía, llegué al puente y, como todas las veces, estaba el ranchito a mi derecha. Hice un ademán con la mano, un gesto inerte de saludo diario (por más que no lo conocía lo saludaba, supongo que por educación) sin ni siquiera mirar. Sin embargo, luego de unos pasos, miré y me di cuenta que no había nadie ahí. Qué extraño, pensé. Quizás esté enfermo. Escuché un ruido entre los matorrales. Un gemido, oscuro, distante y hondo, un ruido más terrenal que humano. Aterrado y maravillado, me acerqué al bananal a ver qué había. Estaba mi vecino tirado en la tierra, un machete clavado en el vientre. Sangre y suciedad en todos lados. La herida, gris y roja, llena de tierra polvorienta. No valía la pena buscar ayuda. Ni siquiera valía la pena gritar. El hombre estaba condenado a morir.
Entonces resolví hacer lo único que podía hacer: sentarme a su lado y verlo morir. Y eso hice. Nunca nada me impactó tanto. No fue la sangre, me he acostumbrado a ella al faenar vacas. No fue la suciedad. Fue la inercia y, más importante, la ingratitud del mundo. Miré a nuestro alrededor y vi que todo seguía igual. El sol seguía en lo alto, rodeado de su corona azul, quemándonos con su frialdad habitual. El monte seguía en el horizonte. El viento jugaba con el polvo del camino. Incluso su propio caballo nos miraba con algo de desdén y burla. Todo seguía igual en la rutina del mundo. La muerte de un hombre es menos importante que una gota de agua en el mar, que una hoja en el monte. Pero sus ojos muertos. Nunca vi algo tan vacío y nunca vi algo tan verdadero. Si quieren ver la esencia del hombre, miren los ojos del hombre muerto. Quizás ahí no me juzguen tan precipitadamente.
Al cabo de unos minutos de su muerte, hice lo más cruel que alguna vez he hecho en mi vida: me levanté y me fui, olvidándolo en un instante tal como el mundo lo había hecho. Ahí yace ahora el hombre muerto, arrojado al vacío por un mundo al cual no le importamos.
Lo peor es que no puedo evitar pensar que ése es mi destino también. |
“El Hijo”
Silvia Burt
Es un buen día para salir a cazar. Mi padre me ha educado en este hábito desde mi infancia y sé todo sobre la precaución del peligro. Puedo manejar un fusil y cazar no importa qué. Cruzaré esta picada roja, e iré rectamente al monte a través del abra del espartillo. La escopeta está sujeta a mi hombro. Trepo el alambrado, con la escopeta colgando a mis espaldas. Un pie primero, coordinando con el brazo opuesto. He hecho esto mil veces. La primera vez que salí a cazar solo tenía 11 años. ¡Qué poderoso me sentí! Acariciaba ese rifle como si se fuera a desvanece en cualquier momento. La adrenalina me recorría el cuerpo, desde el cuello hasta los pies. Siempre la misma rutina, el mismo trecho. Me despierto de mañana temprano, desayuno mientras mi padre toma a sorbos el mate y recojo mis cosas para salir a cazar. Me visto con las botas de cuero que me regaló mi padre en mi cumpleaños de nueve, me pongo la camisa verde y los pantalones caqui. Beso a mi padre en la cabeza, y al hacerlo, presiento su temor y la suave intranquilidad de dejar a su hijo salir a cazar por su cuenta. ¿Qué cazaré hoy? ¿Tucanes? Sí, los vi por aquí ayer de tarde. Qué hermosos eran. ¡Ah! Y palomas también habrá. Atravieso esa puerta, agarrando mi sombrero al salir, miro una vez más a mi padre y sonrío; no hay mejores sentimientos que esa libertad y confianza puestas en mí.

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